La historia de los compresores de buceo

Marisa y yo nos conocimos hace dos años. Mi empresa había organizado una ruta de buceo para promocionar los compresores por el Cabo de Gata y en el viaje coincidimos con ella y su grupo de amigos. Era una excursión de fin de semana: zambullida por las praderas de posidonia y visita de un pecio de la II Guerra Mundial, un barco hundido que solo sirve de refugio a las morenas, los pulpos y multitud de peces pero que es muy apreciado por los turistas.

A mí, tengo que confesarlo, desde el momento en que la vi dejaron de interesarme los restos del bombardero inglés. Cuando acabamos la inmersión intenté cruzar dos palabras con ella, pero era casi imposible, porque estaba absorbida por sus compañeros y porque, desde la sala de máquinas del barco, nos llegaba el molesto ruido de los compresores de alta presión, que estaban llenando las botellas para el siguiente chapuzón.

El compresor de Marisa

Pero conseguí verla esa misma noche, en el bar del hotel en que nos alojamos. Ella estaba sola en la barra pidiendo algo de beber, me acerqué a pedir una cerveza yo también, la saludé, y viendo que me reconocía, le pregunté qué le había parecido la sesión de buceo de la mañana. En fin, cuatro palabras y poco más, pero estuvo muy simpática. Me preguntó si buceaba a menudo, y le dije que no, que era mi tercera experiencia en dos años, pero que estaba pensando dedicarle más tiempo a este deporte pues me había encantado lo que había visto ese día («incluida tú», pensé) y especialmente la comodidad de los compresores de buceo que había probado ese día en esta web. Ella en cambio, era una experta submarinista. Desde pequeña, en Mallorca, de donde eran sus padres, había practicado el buceo con la familia y los amigos. En ese momento volvió la camarera con las bebidas, y ella se despidió para volver a la mesa de sus compañeros, diciéndome que quizá volviéramos a vernos algún día si seguía practicando.

¡Y acertó! Volvimos a vernos solo unos meses después en Alicante. Yo estaba ayudando al dueño del barco en el que realizaba las prácticas a subir a la cubierta un compresor de buceo portátil. Me reconoció de inmediato, y me preguntó si me había sumergido más veces desde que nos despedimos. Le dije que sí, al menos en tres ocasiones más, y que esperaba seguir practicando esa semana, que tenía de permiso. Entonces ella se alegró, porque también estaba pasando unos días de vacaciones con una amiga, a la que no le gustaba el mundo de los compresores y todo lo relacionado con el buceo profesional y la ingeniería, y se ofreció a servirme de guía como compañera de buceo. Y bueno, este fue el comienzo de todo. Pasamos unos días juntos, buceamos, nos divertimos y nos enamoramos. Cada uno tiene su propio compresor de buceo, pero a veces llevamos sólo uno y nos lo vamos turnando para conseguir aire fresco.

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